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Carlos Solórzano (ciudad de Guatemala, 1 de mayo de 1922) es dramaturgo, novelista, investigador, docente y ha formado varios grupos de teatro en México, país en el que reside desde 1939.

Sin duda alguna, este escritor pertenece al grupo de quienes contados con los dedos son -más que buenos escritores-, grandes escritores guatemaltecos.

Si hubiéramos de mencionar los nombres de éstos, comenzaríamos por Pepe Milla, Arévalo Martínez, Asturias, Monterroso y Cardoza y Aragón.

Carlos Solórzano, acaso el menos conocido en Guatemala junto con Ricardo Estrada, ha realizado la literatura del existencialismo y del mestizaje religioso.

Su Teatro Breve es un encuentro con el folclor, el indigenismo y la transculturización, y además es una indagación entre las profundidades del individuo, en toda su connotación existencial.

Su literatura es agresiva pero inteligente; va más allá de la agudeza; sus novelas tienen un lenguaje y contenido sumamente magistrales.

A continuación ofrecemos una breve reseña biográfica de Solórzano, tomada de la Página de Literatura Guatemalteca.

 

Su carrera

Obtuvo los grados de maestro en letras (1946) y doctor en letras (1948) en la Facultad de Filosofía; y de arquitecto (1945) de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Realizó estudios especializados de arte dramático en Francia, becado por la Fundación Guggenheim, recibiendo el doctorado en la Sorbona.

De regreso a México fue nombrado director fundador del Teatro Universitario de la UNAM, cargo que desempeñó de 1952 a 1962, al mismo tiempo que inició la organización de los grupos teatrales estudiantiles con obras de Camus, Ghelderode, Ionesco, Beckett, Kafka.

Se ha desempeñado como organizador y director del Teatro Nuevo de Latinoamérica (1968) y coordinador ejecutivo del Teatro de la Nación del Instituto Mexicano del Seguro Social (1982).

Desde 1962 imparte la cátedra de Literatura Dramática Iberoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Como crítico de teatro ha colaborado con revistas y periódicos de París, Argentina, Guatemala, Puerto Rico, Estados Unidos y España. Grabó un disco para la serie “Voz viva de México”.

Correo electrónico juanaines27@yahoo.com.mx

“Desearía derribar algunos ídolos”

Profesor emérito de la UNAM (1985), Premio Universidad Nacional (México, 1989) y Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 1989.

Obras de teatro

“Espejo de novelas” (1946); “Doña Beatriz, la sin ventura” (1954); “El hechicero” (1954); “Las manos de Dios” (1957); “El crucificado” (1957); “Los fantoches” (1959); “Tres actos” (1959); “Los falsos demonios” (1963, convertida en novela en 1966); “Cruce de vías” (1969); “El zapato” (1971).

Y las novelas “Los falsos demonios” (1966) y “Las celdas” (1971).

Ensayos

“Del sentimiento plástico en la obra de Unamuno” (1944); “Unamuno y el existencialismo” (1946); “Teatro latinoamericano del siglo XX” (1961); “El teatro de la posguerra en México” (1964); “Teatro guatemalteco contemporáneo” (1964); “Testimonios teatrales de México” (1973) y “Antología del teatro hispanoamericano contemporáneo” (1964).

Entrevista

Su obra, eminentemente dialéctica, nos conmueve en franca lucha entre el bien y el mal, además es sumamente irreverente ¿cómo ha sido escribir de esa manera?

“Todo el teatro del mundo tiene como entraña la lucha entre el bien y el mal. En mi caso, si le parece irreverente, es porque alude a sistemas, prácticos, jerarquías de orden religioso vigentes.”

Probablemente, por sus libros, usted ha sido calificado de blasfemo. ¿Qué ha respondido?

“Si, he sido calificado algunas veces de blasfemo y otras de profundamente religioso. No olvide usted que la blasfemia es la forma más cercana de acercarse a la divinidad en una manera coloquial, casi podríamos decir, familiar. Los pueblos más inclinados a la blasfemia son los que tienen un sentido religioso más arraigado (España, el sur de Italia etc )”.

Dios, la iglesia, la corrupción y la mentira están presentes en sus libros. ¿Cómo incidió su experiencia en un seminario católico para escribir su obra?

“Debo confesarle que tengo un sentimiento religioso muy acendrado, que recibí una educación católica muy al estilo Guatemala. Pero yo creo que el verdadero Cristianismo humanista no nos llego con la Conquista de España sobre los pueblos indígenas. Hemos sustituido deidades conservando, más o menos, los rituales. La religión como elemento de dominio creó en toda América Hispánica un sentimiento de culpa y castigo que se arraigan más bien en el Antiguo Testamento y no en los Evangelios”.

Hace ya unos 20 años no viene a Guatemala ¿por qué?

“He ido con relativa frecuencia a Guatemala, casi siempre a recibir honores; El Premio Nacional de Literatura en 1989, el Doctorado Honoris Causa que me otorgó la Universidad Nacional en 1998.

He ido también en ocasiones de dolor, dentro de mi familia; defunciones y funerales y he ido también a contemplar esa gran fiesta, que es el mejor teatro colectivo de Guatemala. Me refiero a la Semana Santa y a sus procesiones”.

¿Cómo es actualmente la vida de Carlos Solórzano?

“Me pregunta usted que cómo es mi vida. Pues debo decirle que mi vida privada ha sido sumamente afortunada. Me casé con una mujer excepcional, Beatriz Caso, que es una excelente escultora y una compañera ejemplar.

“Tengo dos hijas jóvenes, una casada y otra en trance de hacerlo. Tuve también el horrible dolor de perder a mi único hijo varón”.

Además de investigador y docente, usted es narrador y dramaturgo, ¿en cuál de esos campos se ha sentido más satisfecho?

“Me siento igualmente angustiado al dictar cátedra, o al escribir teatro, novela o ensayo. Sin esta angustia no creo que pueda explicarse la vida de un escritor”.

México y usted se han beneficiado mutuamente, allí a fundado teatros y ha impartido cátedras en diversas universidades, ¿quiso alguna vez hacerlo en este país donde nació? ¿por qué no lo hizo?

“Decidí radicarme en México porque las circunstancias así me lo fueron pidiendo: Después de hacer el Doctorado en la Universidad Autónoma de México me fue otorgada una beca Rockefeller para estudiar en Francia Arte Dramático.

“Me fui estando ya casado y viví en París La Edad de Oro del teatro francés de posguerra; conocí a varias personas importantes dentro de la literatura mundial y pude vivir entrañablemente ese momento en que el teatro exigía reflexión acerca de la existencia, en vez de una diversión banal.

Al regresar fui nombrado, de inmediato Director del Teatro Universitario de México. De allí en adelante, el camino estaba fácilmente transitable. En Guatemala nunca recibí una invitación o propuesta para emprender algo semejante.

“Debo decirle algo que casi siempre me reservo para mí mismo: Cuando calló el tirano Ubico, bajo cuyo mandato transcurrieron los años de mi adolescencia, yo estaba ya en México. Vino el llamado gobierno democrático de Arévalo y algunos intelectuales guatemaltecos regresaron al país a “colocarse”.

Yo tenía en mente antes que nada completar mi formación académica e intelectual. De allí que haya preferido ir a Francia en vez de regresar a Guatemala y después, el que no había estado conectado con el 44, no tenía muchas posibilidades en mi país”.

Como novelista, usted marca en Guatemala un paso dentro del existencialismo. Los falsos demonios y Las celdas son novelas que podrían hacer arder en ira a cualquier sacerdote católico ¿En qué circunstancias las escribió?

“Mis novelas de las que usted habla fueron escritas frente a hechos reales; del destierro doloroso que vi entre algunos guatemaltecos que “caían por México” sin saber hacer casi nada, sólo castigados por no estar de acuerdo con los gobiernos.

En cuanto a mi otra novela fue escrita por una experiencia que pude observar de cerca: La introducción del Psicoanálisis dentro de un convento en el cual los religiosos buscaban, más que otra cosa, la protección materna dentro de la Iglesia y no un verdadero mandato vocacional hacia la religión”.

El híbrido indigenismo-catolicismo está vivo en su obra dramática, ¿por qué la fusión?

“¿Por qué la fusión del indigenismo con el catolicismo en mis obras? Por una Sencilla razón, porque soy un mestizo que aspira a comunicarse con públicos o lectores de otras latitudes de la tierra”.

Mea Culpa, El Crucificado… su obra dramática es iconoclasta e insurgente. ¿Cómo es la relación vida-obra del autor?

“¿Por qué son iconoclastas algunas de mis obras? Porque desearía derribar algunos ídolos que entorpecen el pensamiento de nuestros pueblos; la Iglesia jerarquizada, la milicia y las estructuras llamadas democráticas, que son formas de hacer uso del voto del pueblo para que los que mandan se enriquezcan y todo siga igual”.

Imagino que los mexicanos lo quieren a usted mexicano, y los guatemaltecos, guatemalteco ¿Cómo resuelve ese dilema?

“Me siento lo que soy; guatemalteco-mexicano. He vivido la mejor parte de mi vida en México, aquí he construido mi hogar y he escrito lo que llevo escrito, pero mis raíces están en Guatemala, unas raíces que a veces duelen, se vuelven tirantes, que solo descansan, pienso yo, al ser enterrado después de muerto en la misma tierra que nutrió nuestra infancia”.

¿Cuándo vuelve?

“Si mi salud lo permite pienso asistir al Seminario conmemorativo dedicado a Miguel Ángel Asturias que prepara Lucrecia Méndez de Penedo. Tengo 84 años y a esta edad aún un breve viaje a Guatemala me mueve las raíces más nostálgicas como algo perdido, ya irrecuperable”.

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